jueves, 18 de agosto de 2016

La desigualdad

La desigualdad

“Lo común me reconforta, lo distinto me estimula”
Joan Manuel Serrat

Podemos decir que somos iguales o que somos distintos y siempre tendremos razón. Apelar a lo semejante para crear un sistema igualitario es una elección; un ideal largamente  buscado y también bastante resistido.
Las medidas políticas que tienden a igualar causan antipatía. Una gran parte de la población -muy instigada por ciertos medios- reniega porque percibe que se le viene más control estatal, más burocracia, más impuestos; y pide que los recursos usados en desarrollo social sean invertidos en estímulos a la empresa  privada.   
A esto se suma el  juicio  generalizado de que los actuales ricos son quienes mejor manejan los recursos, mientras que el ascenso social de la mayoría es peligroso. Todos aspiramos a vivir en democracia pero nos da cierta sensación de seguridad la ilusión de que existe una elite -los que saben hacer las cosas- que mantendrá el  poder en sus manos. Acaso como un resabio de épocas aristocráticas.
El miedo al cambio no es tonto. Si un gobernante mejora la situación social de la mayoría, tiene que ser muy noble para no exigir más y más poder en retribución. Es tentadora la facilidad de la demagogia, como difícil mantener a un sistema igualitario libre de nepotismo, amiguismo y  tantos desvíos posibles en la distribución de cargos y recursos.  
Por otra parte, a quien  tuvo que luchar muy duro para llegar o mantenerse donde está;  le suele parecer inequitativo que las cosas después se vuelvan fáciles para los más pobres.
En este clima de sospecha, cualquier acto -hasta pequeño- de malversación  en una política social, tiene mucha mayor difusión que la corrupción en otros rubros más difíciles de vigilar para el común. ¿Quién podría auditar, por ejemplo, la inversión o los gastos de una central nuclear? En obras colosales se invierte mucho más que en la gente, y suele haber más retornos; pero  menos posibilidades de control ciudadano.
No es sólo la suspicacia popular la que cuestiona las políticas distribucionistas. Hay economistas muy destacados por los medios conservadores que elucubran intrincadas fórmulas para defender la conveniencia de ajustar aún más la situación de los más ajustados. Que estos expertos fracasen vez tras vez, no amilana a sus adictos. Por ejemplo, en Argentina, el ministerio de Domingo Cavallo llevó al país a su peor quiebra; se vivió la escasez  de una economía de guerra en un país con enormes recursos y en tiempos de paz. Sin embargo, la prensa conservadora sigue publicando sus consejos; y los elitistas asisten a sus conferencias en universidades de todo el mundo.
Hasta hace poco se creía que la igualdad era algo muy lindo para un discurso pero malo para la economía; hoy se sabe que es al revés. Según estudios del Banco Mundial, si una mayor igualdad tiene efecto sobre la economía, este es positivo, especialmente cuando incluye distribución más equitativa y políticas redistributivas. Por su parte, el Fondo Monetario Internacional concluye un trabajo reciente aconsejando combinar redistribución de riquezas con crecimiento sostenido.
Estas y muchas otras investigaciones demuestran que la desigualdad como motor del crecimiento es un pensamiento atávico infundado, como una suerte de alucinación colectiva. La compartimos todos, un poco más o un poco menos, pero no nos acerca ni a la verdad ni a la prosperidad.
En las sociedades desiguales, por más que el nivel medio de ingresos aumente, la calidad media de vida decae. Esto influye no sólo en los estratos más bajos, sino en todos: la longevidad de la gente más rica es mayor en las sociedades más igualitarias que en las más desiguales.
Los efectos adversos de la desigualdad van más allá de empantanar el desarrollo económico; también  ponen en riesgo la democracia, generan inseguridad, aumentan las actividades ilegales, la corrupción, los problemas migratorios y  todo tipo de inequidades.
Cuando el dinero está en pocas manos, hay mayor inversión especulativa y menor inversión productiva. Se gasta mucho en lujos superfluos con impacto ambiental nocivo. Se necesita una erogación enorme en seguridad y se pierde la transparencia de mercado -esencial para una economía libre y sana-. Otro impacto negativo es la inequidad: la condición de cada individuo depende menos de su propio esfuerzo que de  sus condiciones de nacimiento. Entonces hay menos movilidad social, o sea, menos oportunidades para la mayoría. Y esta sensación de injusticia desalienta.
A pesar de la evidencia actual, la discusión entre partidarios de la igualdad y de la desigualdad prolifera hasta causar guerras. No muchos temas polarizan tanto: a quienes conciben un mundo igualitario, otra concepción les resulta perversa; a los que defienden la desigualdad, la postura contraria les parece ingenua, o deliberadamente hipócrita.
En general, sostenemos una posición al respecto, pero puede cambiar según estados de ánimo. Una cosa es  declamar igualdad; otra es sentirnos iguales. Y no es fácil; desde que nacimos y fuimos descubriendo un mundo de superiores, empezamos a sentir el peso de la desigualdad. Mamá o papá -o cualquier mayor- nos cuidaba y asistía a la vez que acotaba nuestro poder. Después, algún hermano  mayor o un amigo más forzudo hacían lo mismo, y alguna vez también aprendimos a ser la parte más poderosa. Finalmente nos enseñaron a considerarnos semejantes; a respetarnos, igualarnos. Pero muy adentro, con el miedo al castigo y al sometimiento, se nos había enquistado el deseo de superioridad.
Por eso cuesta igualarse por dentro con el otro. Si lo  sentimos más poderoso, se requiere valor. Si lo sentimos  menos poderoso, se requiere grandeza. Es una virtud y un premio poder relacionarnos de igual a igual.







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